20 julio 2017

La gitana Lolita cada vez que abre la boca sube el pan

Muerta Lola Flores, una tarde, en una de las genialidades populares que le salen del fondo del alma, dijo Encarna Sánchez a los que rodeaban a la Faraona: «¡Anda, partida de flojos, poneos a trabajar...!» Qué partida... Yo venía salvando de ella a Lolita, que se veía mujer centrada, tan trabajadora como su madre, que en todo el desmadre de la ceremonia del velatorio y entierro fue la única que demostró entereza, porque el uno se metió en la cama y se tapó la cabeza, y los otros no aparecieron y dejaron a Carmen Sevilla en el papel de viuda oficial. Dicen que a la trágica muerte de su hermano Antonio González Flores, Lolita se derrumbó. Y tanto que se derrumbó.

Se nos derrumbó la buena imagen que teníamos de ella. Esa secuencia de la salida de la casa, insultando a los periodistas y blasfemando, no se me olvidará cada vez que la vea. Se pueden perder los estribos con los fotógrafos de las revistas del corazón, que hay algunos que se lo ganan a pulso tocándoles los costados a los famosos. 

Pero esos famosos viven a costa de los kilómetros cuadrados de cuché que esos a los que insultan les dedican. ¿ A qué viene entonces blasfemar, con tan poquísimo gusto? No lo hizo nunca la gran Lola ni en sus peores momentos. 

Lola, no se olvide, era la hija de un tabernero de Jerez, que no había ido a la escuela. Estos niños, en cambio, han ido a buenos colegios, se han codeado con gente, y tiran espantosamente al monte de lo soez y bajuno. (Lolita luego se disculpó ante los fotógrafos, será porque el cirio es corto y la procesión de la fama, larga. Ante quien nunca podrá disculparse es ante Dios y ante el mínimo buen gusto exigible a una artista.)

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