09 julio 2015

La sensual Uma Thurman

Independientemente del tono de calidad o de la mediocridad que impongan las películas a concurso en los festivales de cine, es imposible excluir de ellos una jornada particularmente terrorífica. Ignoro si los organizadores han visto previamente lo que nos van a ofrecer o si el muermo con el que nos castigan forma parte de un ritual obligado y pintoresco. La salud mental de los asistentes se resiente a lo largo del día pero confía ingenuamente en que una vez pagada la cuota al intolerable muermo, éste no se vuelva a exhibir de forma tan transparente durante el resto del festival. 

Los autores de la felonía de ayer son un cineasta norteamericano y un cineasta francés habitualmente mimados por la crítica, gente consciente de su importancia que emplean cada dos por tres la odiosa cantinela «en mi obra, en mi arte... etc., etc.». El norteamericano es objeto de culto entre la modernidad. Se llama Gus Van Sant. 

Realizó la tan inquietante como atractiva Drugstore Cowboy (un original western moderno en el que los bandidos asaltaban farmacias y hospitales para conseguir drogas en vez de bancos y en la que el gran William Burroughs hacía una aparición e interpretación memorables) y la bastante insoportable Mi Idaho particular, una película que intentaba combinar a Shakespeare con unos chaperos líricos y moderadamente tontos.

Si esta película hace intuir futuros y prestigiosos horrores, la abominable Even cowgirls get the blues supera todo lo previsible. No he leído la famosa novela de Tom Robbins en la que está basada esta idiotez, pero la adaptación que ha hecho Gus Van Sant no incita precisamente a deleitarse con el material literario. La cosa va de moda neohippy, último invento del marketing posmoderno. La protagonista, una mujer bendecida por los dioses indios y adornada con poderes sobrenaturales que actúan según los deseos de los descomunales dedos de sus manos, recorre América haciendo autostop y a la búsqueda de la espiritualidad perdida y de las fuentes de la sabiduría. Un aristocrático travesti, que ejerce de protector suyo, le envía a un rancho habitado por unas lesbianas colgadas del peyote que pretenden rebelarse contra el poder establecido, hechiceros y una fauna bastante intragable. Todo es absurdo y ridículo en este engendro con mensaje. 

La protagoniza Uma Thurman, pero la sensual muñequita, al igual que su director, no tiene nada interesante que hacer ni que decir. Todo huele a una mala ingestión de drogas, a diarrea expresiva, a nadería simbolista, a aburrimiento de niños ricos. La otra pesadilla del día se titula Un, dos, tres, sol. La firma el francés Bertrand Blier y todo resulta tan grotesco como el propio título. Blier, que comenzó espléndidamente su larga e intragable carrera cinematográfica con la cínica y sorprendente Los rompepelotas, es uno de los valores más incomprensibles del cine francés, aunque la crítica y el público de su chauvinista país siguen considerándolo como el más divertido y rompedor del gremio. 

Aquí, se sitúa en los suburbios habitados por los emigrantes para contar diversas majaderías sobre una histérica que odia a su esperpéntica familia, pretende que unos macarras le despojen del engorro de la virginidad y es adoptada por una negra que resucita a los negros con el calor de sus tetas. Blier se empeña en hacer gracias y poesía a costa del lumpen pero maldita la gracia que tiene. Lo más lamentable es ver al venerable y venerado Marcello Mastroianni intentando dotar de humanidad a la caricatura que le ha caído encima. 

Mi capacidad descriptiva es incapaz de reflejar la sarta de disparates visuales, auditivos y argumentales que nos han ofrecido estas dos muestras del cine más inútil y pretencioso. Pobres de los espectadores que piquen el anzuelo de pasar por taquilla, seducidos por el inmerecido prestigio de sus autores. La única compensación a tanto espanto nos la ha regalado la excelente En la línea de fuego, proyectada en la sección «Noche veneciana». 

Dirigida por el alemán Wolfgang Petersen, un tipo habitualmente espeso, es sorprendentemente modélica como cine de acción y de suspense. No sé si el milagro responde a la evolución del director o a esa magia exclusivamente hollywoodense en que todo funciona a la perfección y que transforma a un director de estilo plúmbeo en un más que aceptable discípulo de los mejores artesanos del cine norteamericano.

Clint Eastwood interpreta con sobria intensidad a un guardaespaldas del presidente de Estados Unidos que arrastra un inmenso complejo de culpa por no haber podido evitar el asesinato de John Kennedy. Un antiguo y brillante miembro de la CIA, cuyo apocalíptico nihilismo ha decidido intentar asesinar al actual presidente, elige maquiavélicamente a ese guardaespaldas viejo, cansado y angustiado para desafiarle a que intente impedirle el magnicidio. La lucha y la persecución entre el hombre que necesita recuperar el autorrespeto y el implacable, turbio e inteligente asesino (papel muy adecuado para que se luzca el reverso tenebroso de John Malkovich), están narradas con una fluidez y una profundidad admirables. 

Es de esas películas cuyo metraje parece transcurrir en un suspiro, en las que no se te ocurre jamás el revelador acto de mirar el reloj o removerte en la butaca. La tensión que te provoca nace de la calidad y no del fácil efectismo, el villano es tan complejo y magnético como el héroe, todo funciona con armonía y precisión.

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