Camila la nieta fea de Cela

Camila, carne de su carne, creció sin un solo recuerdo de su abuelo; Laura, la hija que, según algunos, la burocracia le negó, le besaba cuando llegaba de clase y le contaba cómo le había ido el día.

Cuando don Camilo finó en 2017, Laura se aferró llorando al féretro del hombre junto al que había crecido; Camila ni siquiera asistió al sepulcro. El destino de la sangre es incierto; especialmente para un hombre que consideraba la paternidad como una enfermedad venérea. 

Hoy, si Camilo Cela Conde quisiera, Camila Cela Marty podría recibir cinco millones de euros, de los que, al menos, 3,9 millones hubieran podido acabar en manos de Laura si la justicia no hubiera torcido sus sinos; tan paralelos, tan desiguales. El próximo 30 de junio, Laura celebrará una fiesta por su boda (que tendrá lugar días antes, el 14 de junio) con un abogado vitoriano al que conoció en Jurinet, el despacho donde ejerce. Camila ya habrá terminado ese día su exámenes. Y con excelentes calificaciones. 

Casualmente, su nieta nació en 1989, el mismo año que Cela recibió el premio Nobel. 

El pasado lunes, un tribunal de Madrid condenó a la viuda de Camilo José Cela (Marina Castaño) y a la fundación que lleva su nombre a pagar cinco millones de euros a Camilo José Cela Conde, la cantidad equivalente a las dos terceras partes del legado de su progenitor, fallecido al grito de ¡Viva Iria Flavia! hace 10 años. 

La sentencia establece que a través de la creación en vida del escritor de sociedades administradas por Castaño y que gestionan los derechos de autor de las obras del finado, se desviaron 3,9 millones que pertenecían a la herencia legítima del hijo de Cela.

Pero eso no es todo. La donación de 3,7 millones realizada por el Nobel a favor de la Fundación Camilo José Cela de Galicia sería, según los tribunales, «inoficiosa» porque 1,1 millones formaban parte de la herencia de Cela Conde. 

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