Ángeles en el limbo

El Ballet Nacional ha presentado su primer programa bajo la nueva dirección de Antonio Najarro y en su elección se ve valentía pero también precipitación al inaugurar la vía de renovación y nuevos coreógrafos con una versión flamenca de Ángeles caídos, de coreografía compartida y dirección escénica del exFura Hansel Cereza. 

Suite Sevilla estabilizó la noche y contribuyó en gran manera al éxito. Es una elegante mirada a una tradición que no imita sino que nutre la caligrafía personal y caleidoscópica del director. Caligrafía que también ofrecía la oportunidad de lucirse a la compañía y que todos aprovecharon marcando un buen estado técnico y psicológico, brillantes y a punto de lograr la exactitud de huellas y sincronías que hacen la marca Najarro. 

El público respondió con entusiasmo general a esta pieza soleada y con nutrientes de la danza española, con la energía en los pasos y escueta en ropajes escénicos. Se disfruta lo coral en sus dinámicas, todo respira un efectismo franco y nada falto de riesgo. Lo hay en el tópico de la atracción entre torero y toro, retorcido con habilidad, a base de difíciles secuencias técnicas, muy bien resueltas por Aloña Alonso y Miguel A. Corbacho. Entre sus miradas a la Sevilla popular hay que resaltar su procesión, ingenioso retrato del dramatismo teatrero hecho en bloques con brochazos expresionistas y una socarronería fina subterránea. 

Antes, Ángeles caídos había resultado lenta y confusa, como un puzzle de ideas buenas todavía no exprimidas. La razón está seguramente en que los creadores han contado con poco tiempo de meditación y de pruebas, estando obligados además por una concepción y un tema del que tenemos muchas versiones y que se sustenta en sensaciones visuales y poéticas muy penetrantes. 

La danza de grupo se refugia en una frontalidad y unos recursos convencionales, pegada a una música ceremonial sin meandros de tensión, y también obligada por la simbología de sus trajes, esas batas-alas, esos artefactos todavía con poco vuelo. El rodaje les dará la armonía. Entonces la danza afinará su poder de caracterización con el movimiento y el director se abrirá al diálogo. Poder que ya está en el solo de Rubén Olmo, ligero y turbulento ángel con un mantón.

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