18 abril 2018

Los Kennedy eran unos salidos

José María Aznar se ha definido a sí mismo como el «tío del bigote». («Si necesitáis algo, llamadme: aquí está el tío del bigote»).Antes de que el propio candidato a la Presidencia hiciera exhibición de su mazorca, algún banquero le había llamado «patata con bigote», un empresario dijo de él que era un tío frío como una anguila, las damas no mostraban deseos de tener un hijo suyo, los siquiatras le diagnosticaban déficit de testosterona. La principal tara que le observan no es que desguace el Estado del Bienestar o haga retroceder las libertades, sino la falta atractivo. Eso demuestra que ya somos, por fin, modernos. Sabemos cuánto influye el cuerpo y sus mensajes en el éxito y el poder. Hemos caído en la cuenta de que no hay vocablo tan rotundo como un culo, ni palabra tan eficaz como la melodiosa, ni mensaje publicitario tan fuerte como el de una mirada.


Las adolescentes se desmayan en los céspedes al son de la bragueta de un rockero; el poder y el sexo, la gloria y el atractivo, el aura y la gestión están unidos. Se cuenta que uno de esos financieros que desconfiaban de Aznar por su falta de carisma pidió al Rey que no permitiera que González se fuera, como si eso estuviera entre las prerrogativas del monarca. Según él, Aznar no daba la talla. El presidente del PP cuando la avalancha profelipista que aún dura, se escondió debajo de las ruedas de la diligencia. Hoy les dice a todos, ya en el pescante, que ha sobrevivido a la travesía del desierto. Al llegar a la cantina, en vez de pedir una tila, va el tío, y pide un whisky. Nunca en la historia de España un político va a deber tanto a los adversarios. Los españoles siempre están esperando a los suyos; esta vez esperan al de los otros. Seguramente se equivocan al pensar que para dirigir una banda de ministros que sigue la partitura de Bruselas se necesita un supermán, pero la clase dirigente española deseaba un supermán y como no lo encontraron van a aceptar la Presidencia de Aznar con desgana. Aznar llegará al palacete de Moncloa sin que repiquen las campanas. Para los que mandan se confirmará la máxima norteamericana según la cual cualquier ciudadano puede llegar a la Presidencia. Querían una especie de Antonio Banderas y van a tener que soportar a un Wamba, un hombre normal, con bigote, para marcar testosterona, sobre un altar vaticano para parecer más alto. 

Cuentan las crónicas que de «entre los bueyes, arados y coyuntas sacaron al labrador Wamba para ser rey de España». Los del «circuito» amaban a Recesvinto, pareciera que estaban hipnotizados por su atractivo, su elocuencia, su empaque rondeño, su persuasiva manera de mentir, su catarata de palabras. Una atracción fatal. La antigua mantenida lo ve ahora como su chulo, muere por él. William Blake había profetizado que el cuerpo del hombre no es distinto a su alma, porque lo que se llama cuerpo es una porción del alma percibida por los cinco sentidos. El cuerpo es el aura, el carisma, el atractivo, todos ellos componentes del poder en la modernidad. ¿Dónde va ese funcionario, con su bigotera, su urbanidad, metódico, opositor, sin retórica, sin sexy?. Su audacia es la de los mediocres; su estatura, de maniquí de rebajas; su mensaje, un refrito de un equipo de tecnócratas.

De Ike a JFK.- Tengan paciencia y verán como llegará a parecerse a Napoleón que también era bajito y tenía úlcera. Los políticos son poderosos y carismáticos cuando los tememos. Ya verán que carismático nos parece cuando empiece a jodernos. Los políticos fuera del poder se quedan en nada, pero mientras mandan parecen tempestades. Hubo muchos de esos barandas, de esos machos, de esos predicadores, de esos validos, que llenaron su época de miedo. Recuerden como Rasputín se tiró a toda la corte del zar y como Godoy sodomizó a Maria Luisa y al príncipe de Asturias. La actual clase dirigente está encoñada con su garañón. Los americanos, por ejemplo, cambiaron hasta de deporte cuando se fue aquel abuelete calvo llamado IKE y entró JFK, con su largo cabello flotando al viento, su radiante aura de sexo."Pronto- dice un escritor- resultó bien claro para todo el mundo que el golf no era el juego favorito de la nueva generación». Los americanos se sintieron atraídos por una virilidad magicamente transmitida por televisión, aunque entonces no sabían que los Kennedy eran unos salidos.

11 abril 2018

Cuando Rebeca de Mornay salía con Tom Cruise

Tan sólo dos nombres, Lana Sharp y Peyton Flanders, los de las protagonistas de Risky Business (1983) y La mano que mece la cuna (1992), resumen escuetamente la biofilmografía de Rebecca DeMornay (Los Angeles, 1961), una actriz que se convirtió en estrella en aquellas dos ocasiones, que quizá no supo rentabilizar adecuadamente. 

Porque la rubia de la cicatriz en el labio superior -a su izquierda- no ha sabido, o querido, evolucionar gran cosa en trece años de carrera de sus trabajos en personajes reiterativos de fría dominatrix, de aspecto puritano encubridor de magmas volcánicos interiores. Ha dejado un par de trabajos memorables retratando espíritus gentiles como la tímida ama de casa texana de El viaje a Bountiful (1985), junto a su maestra y amiga Geraldine Page; y como la valerosa madre luchando postnuclearmente en el día después de Testament. Divorciada del guionista Bruce Wagner (Escenas de la lucha de clases en Beverly Hills y tras dos publicitados romances con Tom Cruise y Leonard Cohen, además de un breve interludio en el plató de Nunca hables con extraños, con Banderas, DeMornay estuvo en Madrid para hablar de la película en la que debuta como productora. 

En la película hay numerosas referencias a Vértigo. ¿Considera que, de alguna manera, encarna las características de las heroínas hichcockianas? RESPUESTA.- Es divertido que lo diga, porque cuando acudí con La mano que mece la cuna al Festival de Deauville hace unos años, presenté al director de la película, Phil Joanou, medio en broma aunque pensándolo muy seriamente, como un Hitchcock para los 90». Y cuando me vi por primera vez en aquella película, pensé que él me había logrado presentar como una especie de Grace Kelly psicótica». P.- Entonces, ¿sigue siendo su máxima referencia artística la actriz británica Vivien Leigh? R.- Es muy grato que lo recuerde.


No sé como contestar esto ahora, porque, aunque antes lo conseguía, hace tiempo que ya no consigo ser lo suficientemente objetiva conmigo misma para hacerlo. P.- ¿Continúa intentando, a través de sus personajes, iluminar la condición humana, como expresó al comienzo de su carrera? R.- Esa es aún mi intención. Y he dado un paso más interpretando a Sarah Taylor, la protagonista de Nunca hables con extraños. Hice mi preparación para el papel en un hospital dedicado a enfermedades mentales, exclusivamente a desdoblamientos de personalidad. P.- Ha debutado como directora, con un capítulo de la serie televisiva Outer Limits. R.- Es la primera vez que lo he hecho y ha sido un mediometraje de 46 minutos. Fue una experiencia curiosa, porque todos me avisaron de que estaría muy asustada y me animaron para que no me preocupara. Pero, aunque pueda parecer extraño, no estuve asustada ni un minuto. He estado mucho más asustada cada día de los últimos 13 años, cada vez que me he puesto delante de una cámara. Algo en mi naturaleza me hace estar muy tranquila cuando dirijo. P.- ¿Cree que existe algún vínculo en común entre las heroínas que ha retratado? R.- El único elemento común que veo es que mi corazón estaba ardiendo para cada una de ellas. El hecho es que no puedo interpretar un personaje si no consigo amarle desde el principio.

Tatuado, empulserado y con ceñidas prendas de cuero. Los gestos exagerados y esa caída de párpados que él debe creer letal, metido en la piel del puertorriqueño Tony Ramírez, Antonio Banderas vuelve a repetir en Nunca hables con extraños el cliché del hispano sexy y ardiente que creó por primera vez para el furioso mariachi vengativo de Desperado y repitió con el histriónico mercenario a sueldo para Miguel Bain de Asesinos. Rodada en Canadá y bajo la batuta del prestigioso director teatral británico sir Peter Hall, Nunca hables con extraños es, aparentemente, la película que Banderas consideró lo suficientemente importante como para dejar «tirado» al director Julio Medem y no aceptar un papel en Tierra. Nunca hables con extraños es la enésima versión de la predecible y manoseada historia con sociópata, gatos que conocen al asesino, seres perturbados y otros, aparentemente normales -pero que no son lo que aparentan- vecinos inquietantes, cuestiones freudianas, sexo de manual y abusos infantiles.

04 abril 2018

Bailando el Danubio Azul

Son hombres y mujeres que han superado el medio siglo de vida. Muchos de ellos, septuagenarios de pelo cano cuyos rostros reflejan el inevitable paso de los años, no pueden evitar los achaques de la edad. Sin embargo, ellas y ellos se mantienen firmes en su compromiso con la vida. Y la vida para casi todos ellos se afianza sobre una pista de baile.

«Lo de menos es ganar, lo importante es que bailando se toman la revancha del tiempo perdido», asegura el empresario Javier Checa quien lleva más de diez años organizando campeonatos internacionales de baile para parejas de la denominada tercera edad.

En esta ocasión, la cita es en pleno corazón de la Costa del Sol: Torremolinos. Se trata del VII Campeonato Europeo de Baile Retro que este año ha concitado la presencia de 600 parejas llegadas desde diferentes partes del territorio nacional, así como del resto de países de la Unión Europea. «Aunque los franceses son los reyes», reconoce uno de los concursantes españoles que junto a su esposa repiten este año como pareja de baile la experiencia de participar en el certamen, que culminará el próximo sábado día 2 de marzo.


Y es que Angustias y José, ella con 76 años y él con 79, no solamente son matrimonio desde hace 9 años -ambos en segundas nupcias después de haber enviudado de sus respectivas parejas-, sino que hace varios años que descubrieron al unísono la alegría de bailar en el hogar del jubilado donde se conocieron. El año pasado, en Valencia lograban un merecido cuarto puesto a ritmo de pasodobles en el Campeonato Mundial de Baile Retro. Y esta vez, en el que tiene lugar en Torremolinos, intentarán superar su marca.

«Yo a mis hijos ya los tengo criados y bien criados», explica José con una sonrisilla mordaz mientras atusa tiernamente uno de los pliegues del vestido de raso color salmón que luce su compañera.

Mientras tanto, y a escasos metros de José y Angustias, en la misma penumbra que envuelve los aledaños de los vestuarios del Palacio de Exposiciones y Congresos de Torremolinos en donde faltan escasos minutos para que el maestro de ceremonia reclame la presencia en la pista de baile de los concursantes, otras parejas se afanan en ensayar giros dobles del vals vienés o «el apretado» de un tango bonaerense.

Todo está dispuesto. El escenario, la orquesta y el jurado que este año, por cierto, cuenta con la asistencia de la mítica Imperio Argentina. También esperan las luces y la espectacular escalinata por la que descenderán orgullosamente las parejas con sus manos entrelazadas. Sin embargo, siempre surgen los imprevistos y los nervios de última hora.

«No encuentro a mi pareja», musita en afrancesado español uno de los concursantes que, según él mismo explica, logró hacerse con una compañera de baile poco antes del campeonato. «Así que no sé ni cómo baila, pero espero que llegue a tiempo», se tranquiliza él mismo sin apartar la vista de su reloj de pulsera.

«La verdad es que aunque se trata de personas mayores, la mayoría de ellos están ya jubilados, le aseguro que ha sido en campeonatos como éste en los que he visto historias de amor, de desamor y de celos de echar a correr», señala el principal instigador de la idea Javier Checa que, por otra parte, no se cansa de repetir los efectos positivos que ejerce el baile sobre la gente mayor.

Mucho menos importan, dicen todos, dar la vuelta alrededor del mundo que es en definitiva el premio que se llevará la pareja ganadora. «Lo importante es estar aquí como yo y mi marido», replica una de las concursantes de la que minutos más tarde nos aseguran no es «la legal» del caballero en cuestión, sino «la amiga». Y es que como en toda aglomeración humana, y más si es competitiva, también aquí reina el cuchicheo y la rumorología.

Por otro lado, algunos incluso osan cuestionar los criterios que establece la organización para denominar el baile retro. «El baile retro no es esto. Retro significa fuerte, duro, sensual, sexy... y el vals para mí no es nada retro», afirma un caballero extranjero que en muy buen castellano prefiere mantener su identidad a salvo de curiosos y extraños. Una opinión que, por cierto, nadie sospecharía viéndole minutos más tarde con su pareja interpretando el Danubio azul sobre la pista de baile.

29 marzo 2018

Rusas en España

Son las nueve de la noche en un húmedo sótano de Moscú. En un improvisado escenario, bajo fuertes luces rosas, Rosanna de 18 radiantes años remueve la camisa blanca transparente y se acaricia para el deleite de los pocos occidentales que han pagado 10.000 pesetas a su protector. Se trata del Instituto para el Aprendizaje Erótico y del Arte Comercial de Moscú (más conocido como Eroticum), regentado por Eugueni Labrovski, un dudoso individuo al que la Policía moscovita investiga por forzar a menores a prostituirse. «Yo lo único que hago es preparar a mis chicas en el arte del strip-tease para "colocarlas" luego en empresas de espectáculos en España y Sudamérica», dice Labrovski, que habla algo de español, lleva bigote, pelo ondulado, cazadora de cuero barata y ese tipo de zapatos grises que sólo se ven en Moscú, importados en 1970 de Bulgaria. «Lo que luego ocurra con ellas en España es problema de los españoles», concluye. Y lo que ocurre con muchas de ellas quedó patente la semana pasada con la desarticulación por la Policía española de una banda que obligó a casi 200 ciudadanas rusas a prostituirse en clubes de alterne de Madrid, Barcelona y otras ciudades de provincias. La agobiante crisis económica en que se ha hundido Rusia tras la desmembración de la Unión Soviética a finales de 1991 ha provocado que varias miles de jóvenes rusas intenten ganarse la vida en el extranjero trabajando de camareras, bailarinas o modelos y en su lugar acaben siendo forzadas a prostituirse.

España, que muchos rusos consideran uno de los países más atractivos del mundo para vivir, es uno de los destinos preferidos por las mafias que controlan el «tráfico de blancas». «Desde Moscú es muy difícil luchar contra estos crímenes», dice Nikolai Rojdionov, del Departamento de Relaciones Externas del Ministerio de Seguridad de Rusia, que no quiso cuantificar los casos. «Salen del país con visados de grupo y con los documentos en regla. Tenemos numerosas peticiones de visados conjuntos, entre ellas para España». Quién sí se atreve a cifrar en varios miles el número de mujeres rusas obligadas a prostituirse en España y en otros países con falsas promesas de empleo es Svetlana Korostilova.


Lo ha sufrido en su propia carne. Tiene 23 años y ha abierto un consultorio en Moscú para asesorar a las mujeres que reciben ofertas de empleo para bares y discotecas en el extranjero. El caso de Svetlana se da con frecuencia. Nació hace 23 años en Orol, a 300 kilómetros de Moscú. De padre agrotécnico y madre maestra de escuela, Svetlana decidió, al acabar el colegio a los 18 años, que Orol se le quedaba pequeño y decidió probar fortuna en Moscú. Quería ser actriz, pero no superó las pruebas de acceso del Instituto de Arte Dramático. Comenzó a estudiar formación profesional, «pero yo quería ser artista, era demasiado guapa y sexy para ser costurera», dice Svetlana. Hace dos años, leyó un anuncio en el diario sensacionalista Moskovski Komsomolets que decía: «Chicas de 18 a 25 años interesadas en bailar en bares de Europa», seguido de un número de teléfono. A los dos meses, y junto a un grupo de 12 chicas rusas de provincias, llegaba en tren a Trieste, en el norte de Italia con un visado de grupo.

«El dueño de un bar, Paolo, nos dijo que quería abrir un cabaret ruso, con algún número de striptease», explica Svetlana, que soñaba con un marido italiano, sino rico, al menos guapo. Les pagaban muy poco por actuación, pero vivían y comían en la parte de atrás del cabaret. «Paolo me pidió una noche que prestara atención a un cliente especial». Fue la primera vez que Svetlana se acostó con un cliente, más pensando en conseguir un novio que otra cosa. «A los tres días de usarme y regalarme una falda y pendientes, desapareció. Paolo me pidió que prestara atención a otro cliente y le contesté que ni soy puta, ni me acuesto con cualquiera», continúa. Paolo le amenazó de muerte, le dijo que su visado de un mes había caducado ya, que no poseía permiso de trabajo y que los pasaportes los tenía él. Tuvo que prostituirse, junto al resto de las chicas, e incluso hacer números lésbicos y sadomasoquistas en el escenario.

Tras casi un año, logró escapar de la vigilancia y comprar un billete de tren para Milán, donde acudió al consulado ruso y logró regresar a Moscú. Pero su historia es un cuento de niños comparadas con el tráfico de mujeres rusas hacia Turquía, China, Hong-Kong y Japón. El diario Izvestia publicó hace dos semanas una nota corta sobre el desmantelamiento de una red de prostitución en el puerto ruso de Vladivostok, en el Pacífico, a menos de mil kilómetros por mar de Japón y fronteriza con China. Un grupo de nacionalidad china se dedicaba a secuestrar a mujeres rusas y venderlas como esclavas sexuales en China, Hong-Kong y Japón. La negativa de las jóvenes o la insatisfacción de los clientes les costaba la vida.

22 marzo 2018

Sharon Stone es una marrana

En la deliciosa Tempête dans un benitier el impío Georges Brassens hacía una apasionada declaración de principios respecto a las odiosas moderneces de la misa: «sans le latin, sans le latin la messenous emmerde» («sin el latín, sin el latín la misa nos aburre»). Paradójicamente, la afirmación del ogro tierno coincide con la de un pulcro cura carmelita que hace crítica de misas en el periódico ABC. Este le confiesa a Angel Casas en Tal cual que añora el protagonismo del latín y del gregoriano en la misa, que prefiere el órgano a la guitarra y que las canciones religiosas son muy malas. La lucidez del singular crítico también cuestiona la puesta en escena del sagrado ritual: «El sacerdote tiene que ser un actor que juega con símbolos, movimientos y posturas para llegar al pueblo. El Papa es un modelo de lo que digo».


Completamente de acuerdo. Voy a suplicarle al director de este periódico que me permita hacer crítica de misas o crónica del Parlamento. Sospecho que sería bastante más divertido para el lector (lectores descarriados y frívolos, por supuesto) y para mí este tipo de actividades que escribir de la agotada y agotadora televisión. Después del insólito crítico aparece una señora que ha ambientado comprensiblemente los sueños pornográficos de media humanidad durante el último año. Le salen arragas cuando sonríe, posee una mirada inteligente y el temple de la que ha lidiado mil corridas peligrosas. Es difícil que alguien haya olvidado su golfo y provocador cruce de piernas, su abrasiva y letal sensualidad, su elegante desvergüenza en la más que entretenida y subversivamente amoral Instinto básico.

Sharon Stone narra su primer y único contacto con Woody Allen. El genial neurótico le habló durante media hora de la infinitud, la vida, la muerte y el arte. No desvela si esa marciana forma de comunicación tuvo una prolongación estrictamente erógena. Asegura que Sangre y arena es la peor película que ha interpretado nunca, lo cual debe de figurar en el Guinness si nos atenemos a su presencia en infinitos bodrios. También cuenta su estratégico ascenso al estrellato. Posó en bolas para Playboy y se propuso dar una imagen sexy fabricando un personaje malvado y salvaje. «¿Qué hay de la verdadera Sharon Stone en los personajes que interpreta?», le pregunta el libidinoso Casas. «Eso no le importa nada a usted», replica ella con una deslumbrante y helada sonrisa. Se supone que tenía que hablar del impenetrable Indurain, pero no sé, no entiendo, no pillo su halo mitológico ni la trascendencia del ciclismo. O de Mohedano, pero alguien tan viscoso y patético no me sugiere nada gracioso.

14 marzo 2018

Prince y su pelo de estropajo

Durante toda su vida, Prince lo ha tenido todo absolutamente claro. Cuando a los 19 años una compañía discográfica decidió hacerle caso y editar el primer disco de este mestizo enano, escuchimizado, de pelo estropajoso y un increíble éxito con todo tipo de mujeres, se cumplió el primero de una serie de deseos aparentemente imposibles que Prince siempre ha impuesto como si fueran lo más normal del mundo. En ese primer contrato discográfico, el chaval de Minneapolis exigía que le dejaran absoluta libertad artística, y además que le permitieran tocar todos los instrumentos, producir el disco e incluir las letras que a él se le ocurrieran. Y es que la necesidad de hacer casi siempre lo que a él se le pasara por la cabeza ha sido la gran obsesión de este artista precoz que a los siete años se decidió a seguir los pasos de su padre -pianista de un grupo que se llamaba «Prince Rogers Trío», de ahí viene el nombre del niño- y se negaba a ir al colegio para componer tranquilamente en casa, mientras su madre estaba fuera. Su capacidad para grabar discos, innovar dentro de diversos estilos y no parar de experimentar en su estudio de grabación le han convertido en una especie de máquina insaciable, capaz de grabar un disco doble por año y de, además, regalar canciones a amigas, novias, discípulos y conocidos.


Durante varios años su estilo, esos ritmos funkies, de guitarras afiladas, salpicados de grititos histéricos se convirtieron en guía de músicos y paradigma de la nueva música de los noventa. Discos como Parade o Around the world in a day eran piezas indispensables. De todas formas, conocer la historia de Prince o algún rasgo de su personalidad resulta casi imposible. Las obras del geniecillo de la electrónica musical se encargan de hablar por él y son sus representantes, los delegados terrenales, los que, de vez en cuando, explican lo que pasa por la enorme cabeza de un hombre que ha concedido tres entrevistas a lo largo de toda su carrera. Uno de los más próximos colaboradores comentaba durante la última visita a España del artista, que Prince sólo se interesa por su música y sus chicas; que el resto son asuntos secundarios para los que tiene gente contratada. Según lo que nos llega de él por artistas que le han conocido de cerca o colaboradores más o menos directos, parece que es cierto. Cuando Madonna intentó grabar a medias un disco con la otra gran estrella de su discográfica aseguran que salió de Pasley Park casi corriendo.

Con el tiempo declararía la rubia de goma que Prince era un obseso, que jamás paraba de trabajar y que colaborar con él era imposible: «podía pasarse treinta horas ininterrumpidas en el estudio, sin salir ni siquiera para hacer pis». Esa capacidad para el trabajo, que según algunas lenguas no tiene nada que envidiarle a sus habilidades con otra de sus grandes aficiones, las mujeres, es la que le ha convertido en una especie de pozo sin fondo del que todo el mundo -especialmente si es del sexo femenino, de pelo moreno y con unas medidas parecidas a las suyas- ha sacado provecho, con el consentimiento del propio Prince, al que, a cambio de temas que hace en dos patadas, sus protegidas le rinden reconocimiento eterno. Martika, a la que le regaló la canción Martika's kitchen, que da título a su último LP, comentaba inocentemente lo sorprendida que estaba de que el genio hubiera tardado sólo un día en hacerle la canción. «Hablamos por teléfono, le mandé una maqueta con algunas canciones y una carta y a los dos días tenía en casa una cinta con la canción que me había hecho. En un momento, sacó a la luz cosas que ni yo misma me hubiera planteado». Efectivamente, uno de los grandes secretos de Prince es el de reflejar en sus canciones sentimientos generales que parecen, para el resto de los mortales, hechos a medida. Perversiones ocultas, reacciones oscuras que, al final, podrían encontrarse en la conciencia común del ochenta por ciento de sus acólitos, que piensan que Prince escribe sólo para ellos.

La que no acabó de pasar por el aro fue una de las artistas que más se ha beneficiado del genio creativo de Prince, Sinead O'Connor. El Nothing compares to you que Prince compuso para su grupo «The Family» y que nunca llegó a interpretar en solitario fue el que hizo de Sinead una estrella de éxito; pero cuando el autor la llamó a su estudio para hablar con ella y, se supone, recibir algunas palabras de agradecimiento, la irlandesa le salió con una de sus típicas espantadas y tiene el honor de que en Pasley Park esté prácticamente prohibido pronunciar su nombre. Aunque ahora, después de la gira que le lleva por todo el mundo, Prince se vaya a tomar un respiro y se decida a sacar su primer disco de grandes éxitos -un compact triple en el que incluye tres temas nuevos e interpreta por primera vez Nothing compares to U, además de dedicarse a trabajar más de cerca como vicepresidente de Warner, lo cierto es que la fama de trabajador imparable y profesional por encima de cualquier otra cosa no es un espejismo de marketing. Aunque eso sí, tiene algunas excentricidades que ayudan a verle como un ser más humano, que, aunque no duerma, tiene algún que otro capricho. El color púrpura, el melocotón y el negro son tres fijaciones que a lo largo de su carrera le han llevado a extremos como el de pedir en las entradas de un recital que los espectadores fueran vestidos de negro o «como mucho con algún detalle color melocotón» o exigir que las toallas que usara en el hotel y en el «backstage» del concierto fueran de ese tono. Pero ahí no queda la cosa, entre sus peticiones habituales cuando sale de gira están un piano, un juego de pesas y una lista de locales a los que pueda ir después del recital. Tres deseos que ayudan a entender la rutina diaria del artista; un hombre que necesita en cualquier sitio donde se encuentre la presencia de un piano -las musas están en el aire- y de unas pesas para fortalecer ese minúsculo cuerpo que para algunos resulta el más sexy de todo el panorama del rock.

Y es que en el fondo, leyendo detenidamente las letras de este músico independiente y perfeccionista, que desde los 16 años vive por su cuenta y, viendo algunas de sus películas como Purple Rain o Grafitti Bridge, da la impresión de que Prince se ríe del mito que se ha creado en torno a él y de todo lo que se supone que por obligación debe rodear a un músico de sus características. La decisión de cambiar el nombre por ese símbolo que radie sabe pronunciar, ese deseo de provocar constantemente vistiéndose de «Barbie Superstar» y siendo en el renglón siguiente el más macho del lugar, su deseo por mantener eternamente el misterio sobre su forma de pensar, esa fortaleza c ue se ha construido cerca de su ciudad ratal... convierten al artista, para algunos el gran genio de los 80, demasiado joven para ser intocable y excesivamente bueno como para que nadie se arriesgue a atacarle frontalmente. Aunque haga casi un lustro que se niega a lanzar productos equiparables a lo que hizo antes del 84, y a pesar de que ahora diga que lo tiene todo hecho y que no va a componer jamás ningún tema, su aportación a la música de este fin de siglo está clara y es imposible resistirse a pensar que la genialidad de esos primeros pasos no va a volverse a repetir. Treinta y cinco años son pocos para recluirse en el cementerio de elefantes de los que continuamente repiten la misma canción.

08 marzo 2018

Las actrices españolas dan pena

Toda biografía tiene sus blancos y sus negros, sus luces y sus sombras, sus altos y sus bajos, sus logros y sus fallos. En mi biografía hay más blancos que negros -aunque, en parcelas biográficas concretas, hubo algún que otro negro despampanante, por lo que tengo que estarle muy agradecida a la suerte, pero también a mi carácter y a mi tipazo. Las cosas, en general, me han ido bien y no me he dado en la vida ningún zarpajazo descomunal. Tampoco me he llevado grandes decepciones. Si exceptuamos una: no logré ser chica Almodóvar. Objetivamente, creo que reunía todas las consideraciones para que Almodóvar se hubiera fijado en mí.

Además, hubo un tiempo en que nos veíamos muchísimo. En Madrid, hubo un tiempo en que todo el mundo veía muchísimo a Almodóvar. Yo a él lo veía de lejos, las cosas como son -entre otras razones, porque servidora es muy divina y no le da coba a nadie, y él a mí no tenía más remedio que verme: salía todas las noches, me daban las tantas en los sitios de moda, empecé a ir modernísima dentro de lo sexy que una ha ido siempre, me ponía hasta el hipotálamo de todo lo que había que ponerse, posé para las Costus en un cuadro en el que hice de santa Teresa de Jesús levitando con el cuerpo enfundado en una malla negra y aparecí en un reportaje gráfico que sobre zoología urbana publicó La Luna de Madrid. Sumergidísima en la movida estaba yo. Incluso fui vestida por Alvarado a la suelta de patos en el Manzanares que hizo Tierno Galván. Pero una noche, en uno de aquellos tugurios abarrotados de modernos, se me acercó una gachí muy desenvuelta y me dijo: - Mira, bonita, no te esfuerces. No va a servirte de nada. Pedro, para enigmática, ya tiene a Bibi, y para trotona me tiene a mí. - ¿Y tú quién coño eres, bonita? -le pregunté yo, que a desenvuelta me ganan pocas.


Y ella dijo: - Patty Diphusa. En persona. Y hay que decir que, en persona, Patty Diphusa no valía nada. No era bajita, pero como si lo fuese, porque era de ésas que tienen las piernas separadísima por el meridiano de la bisagra y por allí cabían más balones que en la portería de Albania la tarde de la goleada por 12 a 1. Además, tenía el cutis achicharrado, supongo que por los potingues de alguna amiga que quería hacerle la competencia a la Elizabeth Arden y la tenía la pobre de conejito de indias. Hacía mucha morisqueta y mucho aspaviento estereotipado, como si tuviera que demostrar todo el tiempo que ella era, en efecto, Patty Diphusa en persona, y lo único que conseguía la pobre era parecer una gallareta con calambres después de hacer por correspondencia un curso del estanislasqui o como se diga eso. De cara, corrientita, y de todo lo demás, simplemente voluntariosa. Encima, joven, lo que se dice joven no era; en todo caso, estaba más restaurada que «Las Meninas», y desde luego el trabajo de restauración era tan polémico como el que le hizo el yanqui aquél a la obra maestra de Velázquez. O sea, en persona, Patty Diphusa no era enemiga.Pero tenía el mito de su parte. O por lo menos, eso fue lo que yo pensé en uno de los pocos errores de cálculo e intuición que he cometido en mi vida.

Pensé que no hay como caer de pie y en buenas manos, y no en las manazas de este muertojambre del Mendicutti; no hay como caerle en gracia a alguien con verdadero talento, alguien que haga de ti una estrella, alguien que te pasee por medio mundo en olor de multitudes, alguien que te tenga como a una reina, alguien que no te haga trabajar en agosto como si fueras del negociado de obras y asfaltados del Ayuntamiento de Madrid. Por Dios. Es cierto que el Mendicutti, cuando está en vena, tiene buena pluma, pero tampoco eso es de mucho mérito; para pluma, la del mayordomo de los Urquijo. Y es verdad que el Mendicutti, en general, es una buena gente y muy aplicado y responsable y yo le tengo cariño, a ver qué remedio, pero a veces he pensado que si yo hubiera sido la Susi que soy de manera corriente y le hubiera tirado aquella noche del flequillo a Patty Diphusa, otra sería ahora mi vida. En primer lugar, porque, aunque sólo fuera por el escándalo, Almodóvar se habría fijado bien en mí, y de mí no se olvida nadie fácilmente. Y en segundo lugar, porque habría desenmascarado a tiempo a aquella suplantadora que no era, para nada, Patty Diphusa. Era una petarda que quería ser chica Almodóvar a toda costa, que salía todas las noches, que se ponía hasta el hipotálamo de todo lo que había que ponerse y que ahora hace la carrera en el Parque del Oeste. Después de todo, supongo que tengo que alegrarme por tener al Mendicutti y haber hecho la movida por mi cuenta.
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